A mi adorada mamá, a mi vocación como terapeuta, a todos mis pacientes:

Soy hija de una madre alcohólica, soy secuela de una niñez cruda, de terribles derroches de emociones negativas, de dobles mensajes que aturdieron mi mente y rompieron mi corazón. Durante mi infancia no hubo nadie que censurara para mí lo que no estaba lista para conocer.

Soy hija de una madre alcohólica, soy secuela de una niñez cruda, de terribles derroches de emociones negativas, de dobles mensajes que aturdieron mi mente y rompieron mi corazón. Durante mi infancia no hubo nadie que censurara para mí lo que no estaba lista para conocer.

Soy consecuencia natural del pensamiento adictivo, del querer y no poder, de secretos y mentiras, de conflictos, de vacíos insaciables, producto de la culpa, la vergüenza, la negación y la confusión constante.

Conocí muy niña la ira, la depresión, el miedo…Yo no era adicta pero tampoco era libre; la codependencia se fue tejiendo en mi vida y se volvió parte de mí misma, parte de mi historia. Me fui enfermando cada vez que no entendía  lo que pasaba, cada vez que olía o escuchaba algo raro, cada vez que me creí omnipotente y pretendí cuidar algo que no conocía y aún así vigilaba; cada vez que intentaba arreglar lo que se desordenaba  y nunca lograba ordenar pero sí me dejaba el sabor de la impotencia.

Haber sido hija de una madre alcohólica le dio un color especial a mi vida; nada de lo que pasaba conmigo se parecía a lo que sucedía en otras familias; mis rutinas eran diferentes, viví la paradoja de tener una madre presente pero ausente; nadie supervisaba mis tareas ni arreglaba mi ropa, nadie cuidaba mi peinado en las mañanas, ni pasaba lista en los festivales de la escuela. Mi mamá muy pocas veces estuvo en condiciones de hacer por mí lo que cualquier niña de esa edad hubiera necesitado que hicieran por ella. Para mí, la mayoría de los días eran complicados, lo ordinario era extraordinario y la desconfianza fue parte de mi vida desde que tengo memoria.

El abandono se volvió mi herida y, prematuramente, tuve que cuidar de mi. Mi infancia duró muy poco. Muy pronto aprendí que no podía distraerme jugando  porque debía cuidar la realidad distorsionada pero, al fin realidad, que rodeaba mi vida.

Crecí con la terrible dualidad  que mi mamá podía darme; a veces, la peor madre de todas aquéllas capaz de destruirse a pesar de sus hijas; a la que nada frenaba: ni su instinto  de madre ni el amor a sí misma.  Y a veces, la mejor de todas, con una dulzura que sabía más a culpa que a miel pero que, mis pocos años necesitaban tanto, que ignoraba el sabor y me quedaba con ella.

MI madre y su adicción me enseñaron que la vida está llena de contrastes y que, a veces, para descubrir el amor hay que saber perdonar y para poder aceptar hay que crecer por dentro y por fuera.

Crecí y me hice amiga de las recaídas y la frustración; crecí en una casa de paredes blancas que a veces me asfixiaban y con tres hermanas que, al igual que yo, aprendieron a vivir al día porque la incertidumbre era lo único seguro en nuestras vidas. No hubo Navidad, cumpleaños o boda en donde el final no fuera doloroso para todos; para ella porque se hacía evidente su falta de control y para mi papá y mis hermanas, porque era muy triste vivir la enfermedad de alguien tan querido. El alcohol nunca estaba invitado a nuestras fiestas pero mi mamá siempre lo llevó de polizón y arruinaba el festejo. Aún así celebrábamos porque siempre cabía la ingenua esperanza de un final feliz pero pocas veces se logró y, entonces, se hizo normal sentir tristeza, angustia o vergüenza.

El pensamiento adictivo para mí es familiar y me deja el reto diario de encontrar equilibrio, de crecer y trabajar para dejar de ver lógico  y sensato lo que en realidad es enfermo y anormal.

Mi historia personal, tan llena de carencias, me dejó muchos vacíos pero también me regaló sensibilidad, creatividad y el deseo de reconstruir para darle a mi vida un sentido personal que sanara mis heridas y me regalara libertad.

Mi madre ya no está; su enfermedad fue crónica y mortal… Se fue con mi perdón, mi comprensión y mi amor intacto. Ella me dejó de herencia una herida transformada en la vocación; en vocación que ejerzo, bendigo, disfruto y agradezco.

Paulina Herrerías

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